Por:
Miguel Cruz Suárez
No estamos en el vórtice de
una tormenta pasajera, ni nos circundan tranquilas aguas sin amenaza alguna,
vivimos en el límite entre la paz de nuestras calles y el filo feroz de un
huracán terrible. Un ejército de odios se alista, se envalentona y ruge.
Aunque no les asiste la
verdad, les acompaña el dinero, las puertas de la fama, la oferta tentadora. Se
acomodan en el hombro peludo del gigante y desde arriba aplauden la pisada
terrible sobre el pequeño oponente que resiste, hacen espacios en sus cómodas
butacas para sumar interesados al convite, a cambio se necesita la blasfemia,
el golpe bajo; los espejuelos para ver las manchas, sin la incómoda presencia
de la luz.